lunes, 24 de febrero de 2014

El diablo baila la conga, mal

Convenzámonos de algo desde el principio: no todas las personas son aptas para ciertas cosas y ni siquiera podemos estar seguros que en el reparto cósmico de talentos prime la justicia, es decir, puede que haya gente que simplemente no sirve para nada o que algunos sirven para todo o que algunos para ciertas cosas o nadie para todo y todos para nada y también al revés y de cabeza. Dejando esto en claro, lo importante aquí es que soy un maestro de la conga, diabólicamente brillante según algunos, y como no quise quedarme con las meras opiniones de los mortales, tracé un círculo de invocación en cuyo centro ubiqué 3 lámparas de aceite que a su vez dibujaban un triángulo dentro de cual vertí sangre de carnero mezclada con mercurio, todo esto bajo la mirada de 3 búhos tuertos en una noche de luna creciente de octubre.

Lentamente metal y sangre adquirieron la contextura de una  demoníaca. Sin vacilar le comuniqué la opinión que tenían mis pares sobre mi talento, y le solicité humildemente que me dejase darle una muestra para que lo corroborase, y en caso de que cumpliese con sus expectativas, formar parte del selecto elenco que bailará la tan ansiada conga del apocalipsis.

Accedió muy interesado, e inmediatamente me deslicé sobre la pista dando muestra de todos aquellos pasos que cubrieron en llamas el corazón de las doncellas que terminaron fundidas entre los vapores que brotaban de su fogosidad,  de

-Oh, sublime, maravilloso, deliciosamente perverso, pero déjame darte una pequeña muestra de cómo lo haría un verdadero maestro de maestros, sólo para que te des una idea.

Yo no podía creerlo, estaba destrozado. No tenía sentido del ritmo, su porte y equilibrio eran groseros, sin elegancia ni picardía, por sobre todo, sin nada de sabrosura. Luego de terminada su penosa exposición, se quedó un rato mirándome y  bramó entre risas:
-¡Insensato! Deberías informarte mejor, para invocar al demonio de la conga tienes que sacrificar 3 adolescentes caribeñas en el momento preciso en el que desaparece el último rayo del sol durante el atardecer, eso es lo esencial, el resto es parafernalia. Tu ignorancia ha invocado a un demonio muy distinto, pero para nada ingrato, ya que me has dado una muestra de tu talento, lo justo es que te dé una muestra del mío: ¡Diarrea Eterna!

Yo quedé estupefacto, simplemente nunca había sido testigo de semejante nivel de frialdad y maldad. Con el tiempo este encuentro se  fue anidando en mi corazón convirtiéndose paulatinamente en la mancha de vergüenza y amargura que terminó por oscurecer el sol que fue una vez fue mi carrera como el más grandioso bailarín de conga satánica que haya conocido el planeta.

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