jueves, 23 de enero de 2014

Un Hombre Bajo un Cartel Decide Morir


Bajo un cartel que dice Buen Día en Francés un hombre se paró a morir en la calle. No fue nada dramático, como una ataque cardíaco o un balazo, solamente quería dejar de vivir, se paró bajó un cartel de chicas Chinas que vendían algo que no le importaba y dejó de respirar. Ese cartel siempre le había gustado ya que, dado el ángulo desde donde lo veía, casi podía sentir que veía debajo de las faldas de las chicas. Era su lugar favorito en toda la ciudad, y ya se había cansado de vivir.

Unos meses antes, el hombre había empezado un juego de ajedrez con Natali Boshkorov, un viejo ruso con el que siempre se juntaba a jugar ajedrez por internet. Al hombre no le gustaba, y no entendía, como funcionaba el internet en general, pero el ajedrez le hacía sentido por el medio que fuese. En Rusia, tres horas antes de que el hombre se parará bajo su cartel favorito de la ciudad, Natali había abierto su partida a distancia para descubrir que, tras meses de juego, le habían hecho un jaque mate.

El año anterior a la mañana en la cual el hombre decidió mirar al cielo por última vez, la nieta de una clienta regular en su tienda decidió postear fotos desnudas de ella misma en internet, después de mandar un video a su abuela sobre "cómo se ven 200 calorias en distintas comidas". Ashley Stinson, esa conocida clienta, sin pensarlo, re-envio ese video a todos sus conocidos, pero el hombre lo tomó como un mail personal para él. Luego de obsesionarse con que sus clientes (y en especial esta vieja clienta) lo encontraban gordo, decidió comer solo 200 calorias de brocoli todos los días. Su última noche en la tierra, el hombre abrió por primera vez una página porno en internet, una que en especial le prometía mostrarle "fotos de chicas en su zona". Él era un hombre que en los últimos dos meses de su vida acostumbraba a masturbarse mucho, pero esa noche no llegó por primera vez en muchas semanas, el catálogo de lencería que normalmente robaba de sus vecinos de arriba. Se topó, sin querer, con la foto de la nieta de su vieja clienta, Maddy Harbour, a quién él conocía bastante bien. Maravillado con los pliegues de grasa que iban desde los senos de Maddy hasta su pubis, el hombre se masturbó furiosamente y luego se comió una hamburguesa. Después volvió a abrir las fotos y se masturbó mientras se comía la hamburguesa. En la autopsia que realizaron tres días después de encontrar el cadáver, los médicos forenses (Stephen Hudson y Huawei Rodríguez) no pudieron explicar bajo ningún concepto la grasa seca y fría que seguía pegada a los vellos púbicos y al pene del hombre.

Una década antes de que cierto hombre se acercara lentamente a una esquina donde dejaría de vivir, la marca Bonjour se establecía en Hong Kong como una de las más prósperas en perfumes y artículos de alto lujo. La temida re-inserción a la China comunista había llegado y pasado sin pena ni gloria, y las cosas seguían prácticamente igual en Hong Kong, con la salvedad que ahora habían aún más chinos continentales con dinero que gastar. Desde la fundación de la empresa se había acordado que ciertas mujeres con poca ropa y pocos escrúpulos eran mejores que otras, de su mismo tipo, para vender alta costura. Se tenían que buscar chicas ultra-flacas, con caras de inocentes, pero que en lo principal tuvieran piernas largas y se adornaran lo más posible. Era un juego de venta sexual, entre la pureza del objeto de deseo, y el artificio que le trae estar en las más altas esferas del poder Chino. Bonjour, a través de varias empresas filiales y fantasmas, decidió ir comprando terrenos para poder diversificar su línea de productos. Cada vez buscarían chicas de mayor variedad para poder acercarse a un público más diversificado, pero sin teñir el nombre de Bonjour que siempre se había asociado a las chicas flacas, el dinero fácil, y el estilo francés. En su afán por diversificarse, compraban terreno al estado, o demandaban terrenos ocupados por otros patrones para poner allí sus tiendas argumentando que venderían más, se verían mejor, y traerían más dinero a los impuestos. Es así como el local del hombre fue comprado, a través de una empresa distinta, por Bonjour, los dueños del mismo cartel bajo el cuál él se pararía a morir. Claro, el hombre no tenía idea que Bonjour tenía algo que ver, solo supo que un día le llegó una notificación que su terreno no estaba debidamente registrado, que no tenía papeles en regla, que habían varios problemas de sanidad, que iba a ser requisado, y que el terreno ya no era suyo, y que de hecho nunca lo fue. Desde el momento que le llegó ese aviso hasta el momento que, donde antes estuvo su tienda, ahora estaba una tienda de lencería para mujeres con sobre-peso, pasaron dos meses. El hombre no recibió ningún tipo de compensación ni ayuda de nadie. Lo único que le quedó por hacer fue encerrarse en el sótano de la tienda, que nadie sabía que existía, y esperar a que se terminara sus grandes reservas de brocolí y agua fresca. Con su pequeño laptop se podía colgar al wi-fi de la tienda de lencería, aunque por mucho tiempo no supo usarlo más que para jugar ajedrez con su amigo Natali.

Cinco horas antes de que el corazón del hombre latiera por última vez, Sum Weng descubrió un pequeño pasaje del cual nunca antes se había percatado en la bodeja. Luego de preguntar por toda la tienda si alguien tenía una llave para la puerta metálica que obstruía el paso del resto del pasaje, Sum Weng decidió pedir permiso al gerente, Sao Dinjao, para derribarla. Sao concedió el permiso y con una lanzallamas derritieron el marco de la puerta metálica. Dentro, Sum se encontró horrorizada con un hombre inconsciente lleno de grasa de hamburguesa sobre su pubis y su pene flácido en la mano. Los gritos de Sum hicieron que el hombre se despertara aturdido y sin querer moviera una ficha en el tablero cibernético que tenía en frente. Sao lo lanzó a la calle, destrozando a su lado también el computador portátil que llevaba.

El hombre nunca se enteró que había ganado la partida.

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